La violencia generada por el narcotráfico en México es un problema que se ha acentuado a lo largo de la última década. El libro de Diego Enrique Osorno, El Cártel de Sinaloa. Una historia del uso político del narco, publicado en Debolsillo (Random House Mondadori) hace un repaso periodístico de los orígenes del fenómeno y de su evolución, prestando especial atención a los últimos años. Se puede consultar la siguiente entrevista a su autor para más referencias sobre el tema.

Una constante que el autor destaca es el uso político del narco, como destaca en el propio título. Esta utilización no solo se ha realizado de manera sistemática por el PRI, único partido en el poder durante largas décadas de gobierno, como forma de anular a rivales políticos o de ocultar otros problemas económicos y sociales, sino que el PAN desde su llegada al gobierno con Vicente Fox en el año 2000 ha continuado por la misma senda. Valga como ejemplo la Operación Cóndor, auspiciada por Estados Unidos a finales de los 60 y principios de los 70. Supuso la intervención de Estados Unidos en muchos países latinoamericanos, incluyendo México. Señala Osorno que permitió confundir “de forma perversa y estratégica para el Estado a guerrilleros o líderes sociales ajenos a las drogas con narcotraficantes” (p. 162), incluyendo la desaparación de numerosas personas cuyo paradero sigue siendo desconocido.

Para entender este fenómeno, del cual dejo algunas notas del libro, recomiendo también esta clara entrevista a Edgardo Buscaglia (@edbuscaglia), director del Centro de Desarrollo Económico de la Universidad de Virginia y asesor de Naciones Unidas.

 

Los orígenes

El narcotráfico en Latinoamerica está vinculado de forma insoslayable con la cocaína, una droga cuya producción y comercialización es propia.
El desarrollo de la cocaína, con fines médicos se produce en Lima en el siglo XIX por parte de un médico francés. La compañía Merck jugó un papel fundamental comercializando esta droga medicinal en Europa. En Estados Unidos también se generó una potente demanda empujada fundamentalmente por la Coca-Cola, que la incluye en su proceso de elaboración.

El narcotráfico de cocaína surge en los años 50 en Chile de la mano de familias de emigrantes turcos. El tráfico se realiza vía Cuba hasta la llegada de Fidel Castro que impone una prohibición muy estricta a esta actividad. Igualmente, conforme regímenes dictariales de imponen en Sudamérica, la producción y el tráfico se va moviendo hacia el norte, a Venezuela, Colombia y México, entre otros países.

Si bien siempre ha habido tráfico de droga en México , por ejemplo cabe destacar la expulsión de Sinaloa de la comunidad china, responsable del tráfico de opio en los años 30, los grandes grupos de narcotraficantes que controlan el negocio surgen con el auge de la cocaína. La detención en los 80 de Miguel Ángel Felix Gallardo, el Jefe de Jefes, quien controloba todo el negocio de la droga en México, supone la fragmentación de los grupos de narcos y la lucha violenta por hacerse con las distintas plazas. Surgen entre otros el Chapo Guzmán, cabeza del cártel de Sinaloa, unos de los hombres más ricos del mundo y también uno de los delincuentes más búscados por Estados Unidos. El 21 de enero de 2001 fue sonada su fuga al poco de la llegada al poder de Vicente Fox. Las sospechas de apoyo del Cártel de Sinaloa al nuevo gobierno del PAN fueron muy numerosas. Igual ha sucedido con el gobierno de Calderón.

Recientemente, durante el sexenio de Felipe Calderón la situación de violencia derivada del narco ha llegado a su punto culminante. Destacan las luchas entre los distintos cárteles, donde ha sido muy significativa la irrupción de los Zetas, grupo que surge de ex-militares que prestaban servicios al Cartel del Golfo. Pero también las propias luchas internas han resultado cruentas: la historia del Cártel de Sinaloa es una de ellas.

La “guerra contra el narco”

El sangriento sexenio de Felipe Calderón se inicia con el anuncio de la “guerra contra el narco”. Para Osorno, el presidente cuya elección fue seriamente cuestionada intenta legitimarse y convierte “al narco, un problema recurrente de la administración pública en los últimos 100 años, en el gran y maligno enemigo que, al enfrentarlo, pudiera legitimar un gobierno cuestionado desde su origen” (p. 303). Parece ser un claro ejemplo de los que Emmanuel Todd llama “micromilitarismo teatral”, un fenómeno que los gobiernos utilizan para “hacer olvidar problemas económicos y políticos fundamentales y transmitir a los gobernados el sentimiento de que el gobierno aún es necesario” (p. 309). Actualmente en México la tuberculosis mata más gente que la violencia, sin embargo son problemas que no tienen un impacto mediático.

Para el investigador de Universidad de California, Marcelo Bergman, el problema no es de una serie de matones sin escrúpulos sino de la política antidrogas de Estados Unidos que únicamente eleva el precio de la mercancía pero no reduce la demanda de toxicómanos que se mantiene estable, debiendo consumir a un mayor precio. De este modo los incentivos para el narcotráfico son aún mayores debido a los altos ingresos que hay en juego. Igualmente, los golpes a las cúpulas de las organizaciones delictivas han tenido en la práctica un efecto contraproducente siendo reemplazadas rápidamente, en el mejor de los casos, o, en el peor, dando paso a “mafias incontrolables de hombres compitiendo por el poder”.

En algunas zonas existe un fuerte arraigo social del narco debido al impacto económico que tiene en zonas de sierra más innaccesibles que el Estado a abandonado a su suerte. Parece que el único modo de combatir este problema es un Estado fuerte que invierta en educación y que genere oportunidades económicas para la población de modo que se desincentive la opción de un dinero fácil y rápido.

La situación del narco no es exclusiva de México sino que se da en muchas zonas del mundo. Cabe señalar la mafia italiana en zona como Nápoles. Los enfrentamientos afectan principalmente a los implicados en el negocio de la droga, por lo que la inmensa mayoría de la población no se ve afectada en su vida, salvo en el mantenimiento de precauciones derivadas fundamentalmente de moverse por zonas tranquilas y conocer tus compañías. A lo largo del último año he pasado más de seis meses en México sin haber sufrido ni presenciado ningún acto violento, ni de los que escandalizan en la prensa, ni de los más comunes en cualquier parte del globo. Solo puedo atestiguar la amabilidad y entrega de un pueblo tan sorprendido y alarmado con los destrozos de que ha causado la “guerra contra el narco” en una encrucijada muy difícil de manejar, con graves desigualdades que generan un caldo de cultivo propicio para actividades ilegales en determinadas zonas y con una extensa frontera con Estados Unidos, el mayor mercado consumidor de drogas del mundo. El cambio en la política tras la llegada del nuevo presidente Enrique Peña Nieto aún está por ver.

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