Dorian Gray o la construcción de una vida que no caduca

Si mal no recuerdo, fue en segundo de BUP, en aquellos ya remotos tiempos donde reinaba también la EGB (el sistema educativo anterior a la LOGSE; el extrañamiento que me produce enfrentarme a estas siglas me está resultando pavoroso) cuando leí en clase de inglés una versión reducida de The picture of Dorian Gray de Oscar Wilde. El hecho de conocer la historia del apuesto joven que no envejecía a costa de su encantado retrato me sustrajo de acercarme al texto completo, no ya tanto en su peripecia sino en la verdad profunda de los complejos abismos que la novela aborda. Esta vez lo he hecho de la mano de una preciosa edición ilustrada por Javier de Isusi en la editorial Astiberri.

Aviso al lector de que quizá pueda encontrar algún spoiler en las siguientes líneas, aunque me temo que la historia es tan conocida que escaso impacto tendrá el que ello ocurra. En cualquier caso, mi más vigorosa recomendación para ahondar en este relato, tan decadente como actual, siempre actual.

Dorian Gray (no todo son sombras, aunque en este libro hay muchas) es un apuesto joven cuya belleza y pureza de espíritu constituyen la más fértil inspiración para Basil, el pintor de su retrato. Lord Henry por su parte encuentra en él el la ocasión para sembrar su visión iconoclasta, hedonista y profundamente cínica de la vida. Una vida que debe entregarse al placer y a la belleza, aún a costa de atropellar cualquier normal moral. La adulación hace a Dorian desear nunca envejecer. Ojalá ese retrato lo hiciera por él. Un día descubre que efectivamente ese retrato se ha alterado. Se trata de un momento de absoluto vértigo en el que Dorian Gray, poseído de un sentimiento de superioridad que nos recuerda a la idea de superhombre nietzscheana o al protagonista de Crimen y Castigo, se entrega a cumplir sus deseos confiado a la eterna juventud de su cuerpo.

“Ese retrato sería para él el más mágico de los espejos. Así como le había revelado su propio cuerpo, le revelaría también su propia alma. Y cuando el invierno cayera sobre el retrato, él seguiría estando allí donde la primavera tiembla al borde del verano. […] Como los dioses griegos, él sería fuerte y ligero y alegre. ¿Qué le importaba lo que le ocurriese a la imagen del lienzo? Él estaría a salvo. Eso era todo. “ (p. 120)

El mal aparece como un medio para realizar su concepción de belleza. “Todo llevamos el cielo y el infierno en nuestro interior” (p.176) le grita Dorian Gray a Basil, el pintor de su cuadro.

La figura de Dorian, junto a la de otros personajes de la obra, y la de su propio autor Oscar Wilde junto a los simbolistas franceses como Baudelaire es la del dandy. Recomiendo sobre este interesante tema escuchar la magistral conferencia de Féliz de Azúa, pronunciada en 2009 en la Fundación Juan March. Es aquí donde se hace difícil discernir entre escritor y personaje.

“Y realmente la vida era para él la primera y la más grande de todas las artes, aquella para la que las demás parecían ser sólo una preparación. La moda, por medio de los cual lo realmente fantástico se vuelve por un tiempo universal, y el dandismo, que es en sí mismo un intento de afirmación de la absoluta modernidad de la belleza, tenían, naturalmente, su fascinación para él.” (p. 146)

Un elemento interesante de la obra es como Dorian Gray a instancias de lord Henry lee un libro francés que trastoca su visión de la vida, envenenándola. “A Dorian Gray lo había envenenado un libro.” (p.163) Este envenenamiento libresco no deja de recordarnos a Don Quijote y los libros de caballerías, aunque la historia humana y literaria (acaso una sola) no es ajena a múltiples tipos de venenos. El libro que envenena a Gray, cuyo nombre no aparece en la novela, se ha identificado como Á Rebours de Huysmans, una de las obras ampliamente citada en el ensayo La escuela del aburrimiento y que definitivamente constituye una de mis siguientes pistas literarias que perseguir.

 

Una conexión más con el citado ensayo es la reflexión explícita que Wilde hace sobre el aburrimiento, el ennui, el taedium vitae. “Lo único terrible de este mundo es el ennui, Dorian. Ese es el único pecado para el que no hay perdón.” (p. 227) le dice lord Henry. Quizá la revisión de este libro sea una de las ausencias destacadas de aquel ensayo.

 

El siglo XIX, como apunta Ortega y Gasset, en La rebelión de las masas, fue un siglo de plenitud. El hombre se consideraba a si mismo en una cúspide histórica fruto de una evolución de siglos que se encaminaba a dicha perfección. Manifiesta Ortega (p. 48):

“Y, en efecto, esos tiempos plenos son tiempos satisfechos de sí mismos; a veces, como en el siglo XIX, archisatisfechos. Pero ahora caemos en la cuenta de que esos siglos tan satisfechos, tan logrados, están muertos por dentro. La auténtica plenitud vital no consiste en la satisfacción, en el logro, en la arribada. Ya decía Cervantes que “el camino es siempre mejor que la posada”.”

Como señala Ortega estas son épocas de una “peculiarísima tristeza”, en especial el siglo XIX que se denomina así mismo “moderno”. Sin embargo, “la fe en la cultura moderna era triste: era saber que mañana iba a ser, en todo lo esencial, igual a hoy”  (p. 49).  Estamos ante el decadentismo, que es rasgo principal de la obra de Wilde y de Huyssmann. Ortega reflexiona sobre cuál es el “síntoma decisivo” de una vida que no podría considerarse decadente: “una vida que no prefiere otra ninguna de antes, de ningún antes, por lo tanto, que se prefiere a sí misma, no puede en ningún sentido serio llamarse decadente.” (p. 51) Dorian Gray y buena parte de obras del siglo XIX abundan en lo contrario.

Es por ello que el aburrimiento aparece como “lo único terrible de este mundo”, como “el único pecado para el que no hay perdón”. Es por ello que Wilde señala que el protagonista de Á Rebours, el joven Des Esseintes, “había pasado su vida intentando realizar, en el XIX, las pasiones y formas de pensamiento de todos los siglos a excepción del suyo, para reunir en sí mismo por decirlo de algún modo, todos los estados de ánimo por los que ha pasado el espíritu en el mundo” (p. 140).

Acabo estas reflexiones sobre el retrato de Dorian Gray con dos menciones. Una hace honor a mi estancia en México, donde he leído el libro, así como a una referencia literaria española. Dorian, en una etapa, colecciona instrumentos musicales de lo más exótico. Destaca, en su colección, “las campanas yotl de los aztecas, que cuelgan como racimos de uva, y un enorme tambor cilíndrico cubierto de pieles de grandes serpientes, como el que vio Bernal Díaz cuando entró con Cortés en el templo mexicano, y de cuyo doliente sonido nos ha dejado una descripción tan viva.” (p. 151) Esa crónica de Bernal Díaz del Castillo es sin duda una lectura necesaria.

La otra mención se relaciona libremente con mi trabajo y exploraciones actuales. Hace referencia a la vigente cultura del prototipado.

 “Tenía honda conciencia de cuán estéril es toda especulación intelectual cuando se separa de la acción y del experimento.” (p. 149)

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