Bruselas, una declaración de amor y resistencia

En 2007 viví seis meses en Bruselas trabajando en el programa de prácticas de la Comisión Europea. El DG Mercado Interior, donde iba cada mañana, se encontraba provisionalmente en Rue de Spa, una perpendicular a Rue de la Loi, la avenida que conecta el centro de la ciudad con el Berlaymont, sede de la Comisión Europea, frente al edificio del Consejo de la Unión, donde se reúnen los jefes de estado.

Vivía en Rue Lombard, a espaldas de la Grand-Place. Cada mañana para ir a la oficina tomaba el metro en De Brouckère hasta Maelbeek, una estación que emplean fundamentalmente los trabajadores de instituciones europeas y que está a unos cientos de metros de Schuman, en el corazón del proyecto de Europa. De vuelta a casa, si el tiempo acompañaba (aquel año acompañó) solía regresar a pie atravesando lo más hermoso de una ciudad llena de secretos, tan diversa en su mezcla de metrópoli y ciudad de provincias.

Maelbeek

Condenar los atentados de hoy, expresar mi dolor, elegir esta y no otra tragedia para escribir unas líneas… Bruselas es mi ciudad. La ciudad donde probablemente por última vez en todo su esplendor, si es que lo hubo, fui joven. El futuro era un cúmulo de posibilidades en la encrucijada de las calles y barrios de esta ciudad.

Quiero que la mejor forma de declarar el amor y la resistencia de una ciudad, de nuestra capital europea, sea recordarla como probablemente nunca ha dejado de ser: vibrante, caleidoscópica, diversa, de nadie y de todos. Con los amigos y amigas que aún viven allí y que por fortuna siguen sanos y salvos. Con sus nombres y sus lugares: Atomium, Abadía de la Cambre, Tervuren, Flagey, Ixelles, Koekelberg, Ambiorix, Grand-Place.

Durante aquel 2007 deje cumplido registro de tantas visitas, de tantos paseos por esta ciudad. Al igual que de los regresos a finales de 2007, 2009 y 2010. Estos son fragmentos recuperados de mi vida y de la vida de quien me acompañaron, cada uno encontrará sus nombres y nuestros momentos, en una ciudad que, como todas nuestras ciudades, resistirán.

atomium

Bruselas, una estación (10 de diciembre de 2010)

Regresar a Bruselas es un antídoto contra el silencio. Despierta mi memoria y me devuelve a las páginas que en otros años fueron de reflexión y de desahogo. Vuelvo a casa de Rebeca tras pasear por la ciudad, comer en Le Perroquet y comprobar que el tiovivo más bonito del mundo sigue girando donde siempre ha estado, en mi recuerdo. […]

Volver a Bruselas es descubrir que hay lugares cuya materialidad se deshace para renacer esculpidos en el marmol de la memoria. Paseo por el mercado navideño de Saint Catherine y de pronto soy incapaz de recordar que no he estado allí desde hace dos años. El tiempo no es lineal, eso es una falacia. Pensar que el tiempo es esa flecha que se dispara al futuro engaña a la evidencia. El tiempo que no es tanto su realidad física, sea cual sea, sino nuestra vivencia del mismo, es una espiral en la que distintos fragmentos de recorrido se superponen y se intercambian. Nadie recuerda su vida por años. El olvido nos ahorra ese tedioso trabajo. El tiempo no es lineal porque olvidamos los detalles y nos aferramos a lo sustancial. ¿Qué es lo sustancial? Para mi, hoy, ese tiovivo que no ha dejado de girar desde que hace dos años lo descubriera. ¿Cuánto tiempo llevaría girando?

perroquet

Volver a empezar (14 de septiembre de 2009)

Hoy es un día propicio, que empezó a las 5 y media de la mañana en Ixelles. En la fresca noche que anticipa el alba en una ciudad, Bruselas, mi otra ciudad, lucían las estrellas allá arriba y guiñaba la luna su ojo. Un taxi. Dos vuelos. Tres horas sentado en un sillón en el cielo. Vuelta a Granada. Vuelta al trabajo dejado aquí. Breve encuentro con amigos. Y concierto de Leonard Cohen.

Es un buen día para recomenzar, el día en que Leonard Cohen por fin cantó para mi Take this waltz. Llámalo felicidad.

Moo Bruselas

Últimos encuentros (16 de diciembre de 2007)

Ya he vuelto a casa. Hace tan sólo 24 horas cenaba con Rebeca en un restaurante de Saint Boniface. Luego un café en L´Ultime Atome. Aunque no lo parezca, no es único café de Bruselas. Repaso de estos meses. La metáfora de la vida como una mesa de tres patas, cada una de ellas, la salud, el trabajo y el amor.

Han sido días de reencuentros, muchos casuales, inesperados, andando por la calle, con la alegría del reaparecido, cómo tú por aquí, encuentros de esos que no tienes en tu propia ciudad, que te recuerdan que allí has vivido, que aunque leve, aún queda un huella tuya en aquella ciudad, en la gente de aquella ciudad.

saint catherine

Segundo día en Bruselas (12 de diciembre de 2007)

Bruselas, como muchas otras ciudades europeas, ofrece el goce los cafés llenos de encanto en los que sumergirse con un libro, con un portatil, con la mejor compañía de un amigo, una amiga o algo más. Esta tarde, después de comer con Nils, del PSE, y de pasearme por la Plaza Luxemburgo y el Parlamento Europeo, he acabado en uno de los lugares de encuentro más encantadores de la ciudad, en Saint Boniface,L´Ultime Atome. Pequeñas mesas de madera, olor a café, la calidez del hogar y la compañía de las otras mesas. En una de ellas dos amigos charlan, sobre sus vidas tal vez, en otra una pareja parece revisar los planos de una casa, quizá un local comercial. Por último, un poco más lejos una madre con su hijo de unos 6 ó 7 años, ataviado de un gorro y unas gafas como las que yo solía llevar de pequeño, piden la cuenta después de haber disfrutado unas suculentas tartas. Yo aprovecho para escribir, disfrutando la luz dorada que ilumina el teclado de mi ordenador y la lait russe cubierta de espuma que me estoy tomando.

bruxelles

Bruselas, aujourd’hui (11 de diciembre de 2007)

Había olvidado decirlo. Hoy he vuelto a Bruselas. Es sólo por unos días. Sólo hasta el sábado. Aterrizar en el aeropuerto que más veces has frecuentado en tu vida, si quitas Barajas, que siempre es estación de paso. Reconocer en el tren de viaje al centro de la ciudad, la silueta del Atomium. Gare du Nord, Gare Centrale, Gare du Midi. En 10 minutos atraviesas la ciudad, corazón de Europa y teatro de las aventuras y desventuras de los 6 meses inolvidables que viví en esta ciudad.

Enciendes el móvil belga que dormía olvidado en el cajón de tu mesa, allá en Granada, tan lejos de toda esa gente cuyos nombres y teléfonos descansan exhaustos en la memoria del aparato. El sol entra por el ventanal del tren. Un sol que ahora mismo, desde la ventana de una habitación en Saint Gilles, se ha transformado en agua que cae de una nube gris como la ceniza. El cielo azul aún luce en el horizonte. Tal vez la Grand Place aún esté a salvo de las lluvias de diciembre. Y en el móvil caen en cascada los nombres y aficiliaciones de tanta gente que un día cruzó por tu vida y que ahora viven la suya dispersos por el mundo, por no sé donde.

Breviario de ausencias (4 de octubre de 2007)

Te imagino con tu mp3 escuchando Samson, la canción que escuchaba yo con el mío esta noche bajando de la facultad, en mi Granada, tú en nuestra Bruselas. No porque sea de los dos, sino porque Bruselas es de cada uno de nosotros. Ahora que los días en que los amigos que se han ido se clavan en el alma como un aguijonazo emponzoñado, la ciudad tal vez te parecerá otra, pero tus risas la rescatan de la caída de las hojas del Parque de Bruselas. ¿Habrán caído ya todas?

Y en otra parte de la ciudad, moviéndonos con la facilidad del ratón que se desliza por las fotografías aéreas de Bruselas en Google Maps, veo caminar a Rebeca, con su paso apresurado de llegar tarde o, no, más bien de tengo otra nueva idea en la cabeza, una nueva persona que contactar, un pensamiento que poner por escrito…

Bruxelles, a bientôt (16 de agosto de 2007)

Estos días en Bruselas han servido para empaparme aún más de la ciudad, para quererla aún más. Podría contar mil cosas de estas calles, rincones, gentes, lugares, ocasos, nubes… pero creo que el mejor homenaje a esta ciudad es dejar que hable por si misma. A lo largo de los próximos días se irán publicando algunas de mis últimas visitas.

Lugares que echaré mucho de menos.

Viajando bajo la lluvia (10 de agosto de 2007)

La lluvia ha vuelta a Bélgica, después de una primera semana de agosto de tregua. Como ya he dicho en otras ocasiones, no me molesta especialmente. La lluvia tiene para mi la virtud de limpiarlo todo, incluso los pensamientos, las obsesiones, incluso las ciudades.

Un día en el Parque del Cincuentenario (8 de agosto de 2007)

La mejor forma de amar una ciudad es conocerla. A día de hoy, creo que Bruselas es una de las ciudades que más quiero. Mañana y tarde de visita al Parque del Cincuentenario, que tan cerca está de los edificios de la Comisión Europea, pero que, sin embargo, no ha recibido muchas visitas en estos 5 meses.

Y mis más de 1000 fotografías.

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