Leonard Cohen, en homenaje

En realidad llevaba semanas, quizá años despidiéndome de Cohen. Sin embargo estos últimos días, cuando el frío comenzaba a adueñarse de Granada, ha vuelto con más fuerza a mis paseos por la ciudad, entre clases, entre el trabajo y casa: In my secret life, Dance me to the end of love, Ain’t no cure for love, Anthem… Hace solo dos días, desconozco ahora mismo por qué razón, les estuve hablando a mis estudiantes de Cohen. Siempre distante a su generación, quizá tanto como a la mía; lo conocen sin saberlo, generalmente a través de canciones como Hallelujah. Ahora veo aquel momento como un pequeño homenaje desde mi cotidianidad. Les decía que faltaran a clase todo lo que hiciera falta si a cambio podían beber la vida que pasa a su alrededor por más que haya un triste listado de firmas esperándoles. Porque imagino la desolación de estar encerrado en un aula cuando a pocos metros un poeta o en creador nos transmite algunos de sus últimos pensamientos. Tuve el arrojo de faltar a clase para escuchar a José Agustín Goytisolo pocos días antes de que muriera. Y aún hoy me enorgullezco de los compañeros que arranqué de una interesante clase de Siglo de Oro. Os digo esto porque Cohen, de quien llevo despidiéndome años, me sacaba de la clase de la vida corriente y me llamaba a lo único, a lo emocionalmente pleno y vibrante. Tuve la ocasión de escucharlo dos veces en concierto, una en Granada, la otra en Madrid. Y puedo atestiguar que como él daba todo en el escenario durante más de 3 horas, yo lo daba todo desde mi butaca activista, dolido de que cada verso no volvería más, que quizá sería la última oportunidad de vivir un instante igual. Saber que seguía componiendo y cantando era saber que aún había ocasión de volverlo a escuchar.

Y justamente esta relación con él, esta vivencia, este imperativo Coheniano, a vivir más, es la lección que su música, la majestuosidad de su persona me da para mi vida. Donde aquí escribo Cohen, música, podría escribir todo aquello que quiero en la vida y me doy cuenta que en realidad este pequeño gran hombre importa tanto porque es parte de la construcción de una sentimentalidad que es la forma de relacionarme con lo que me rodea.

Esta mañana he recibido la noticia a través de un mensaje de Giselle, otro de mi madre Charo, menciones de amigos como Natalia o José Manuel. Os lo agradezco.

Cohen me devolvió a mi tierra. Lorca fue el autor de la letra del vals que bailé en mi boda, gracias a que Cohen le puso música. Música a la que Morente también rindió tributo. Conecto esta pequeña despedida con la tristeza con la muerte de Antonio Vega, de Enrique Morente y con la de Luis Eduardo Aute, el día que se produzca (ojalá se recupere del coma).

Esta mañana mientras escribo esto antes de salir de casa solo escucho silencio. Intentando describir qué supone escuchar su voz en sus canciones, solo imagino aquella habitación en penumbra de la infancia, esa habitación propia, en la que nos refugiamos seguros del mundo, en ensoñación, aquella habitación de la infancia en la que un rayo de sol tamizado penetra rasgando el vestido de la oscuridad, iluminando las partículas en suspensión, secreta materia de la realidad. En esa habitación, Cohen y su música es la luz.

Él mismo escribía en Anthem:

Ring the bells that still can ring
Forget your perfect offering
There is a crack, a crack in everything
That’s how the light gets in

Dicho esto. Gracias y haré los mismo que el resto de días, saldré a la calle, en tu Granada, para rendirte el primer tributo del resto de nuestras vidas.

Fotografía de Stefan Karpiniec.

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